lunes, 26 de noviembre de 2007

NOCTURNO

Ya tendrían que saber que no estás,
lo dijeron los periódicos,
pero se resisten, como yo,
a aceptar que te has ido para siempre.

Cuando te vas del lugar en el que naces,
cuando estás lejos,
mientras permaneces en un lugar
de las memorias,
¿quién puede asegurar que no estás
de viaje, que estás muerto?
Si a veces yo, que te vi en tu mineral silencio,
siento el impulso de llamarte por teléfono,
los domingos, tal como solía.

O vienen a mi memoria
tus palabras sobre olivares que nunca vi,
o tu padre, entre las cabras,
con el pan escaso,
o cuando, apenas, tú, una niña,
sonaba la alarma y acudíais al refugio,
mientras alguien al oír “¡Dios mío!”
clamaba contra aquel Dios
que permitía el asesinato de mujeres y niños,
que permitía el hambre y el exilio…

Tú, estuvieras donde estuvieras,
albergaste tu infancia y juventud
como un tesoro que perdiste a los dieciocho años,
cuando marchaste, como tantos otros,
a ganarte el pan.
A ganar el pan,
no a perder la vida que tuviste,
los recuerdos,
recuerdos que, cuando éramos niños,
fuiste entregando a nuestra frágil memoria.

Cuando éramos niños no sabíamos
que lo que no se recuerda se pierde.
Por eso esta noche, madre,
hablo contigo como solía
y tú acoges mis palabras
con la ternura que acostumbrabas.

Y me duele esta noche,
como nunca,
tanta memoria perdida,
la poca atención que, algunas veces,
presté a tus palabras.

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