domingo, 2 de diciembre de 2007

POEMA PARA INUNDAR DE AGUA UN PASADIZO DE FANTASMAS

Un poema de gestación larga y colaborativa. Su origen es un viaje a Cuenca que el año 1985 tenía que haber hecho acompañado y que acabé haciendo en soledad. Cuenca y Tarragona me parecieron tener muchas cosas en común. ¿Qué ciudades no acaban siendo idénticas si nos obstinamos en ello? Recordemos aquellos versos de Kavafis que nos dicen que nuestra ciudad, nuestros fantasmas, viaja con nosotros a donde quiera que huyamos.
El premio me proporcionó mucha alegría, viajar a Torredonjimeno acompañado por mis amigos: Juan González Soto y José Ángel Hernández. También, como no, por Àngela. Conocer a muchas personas a las que todavía recuerdo, a Luis Felipe Comendador, autor de una obra poética rica y variada y promotor de acciones culturales y que ha demostrado conmigo una gran generosidad.Amparitxu Gastón, viuda del poeta, poeta también y persona capaz de gran afecto y vitalidad. El jurado, los jurados de los premios literarios suelen ser ricos en cultura y amantes de la poesía.
Al mismo tiempo me sentí muy inseguro. Ver el libro publicado, no poder cambiarlo. Leer y admirar los libros premiados en aquel certamen hasta entonces...
Dispuse de una serie de ejemplares que se fueron acabando y me decidí a hacer una edición electrónica a la que incorporaría el Colofonius Monk, es decir, la crónica de las entregas en papel o electrónicas. La que figura aquí, de momento, es incompleta, ya lo iré arreglando...
Y ya que un bloc tiene una dimensión participativa, aunque pienso que esto es un mensaje dentro de una botella de náufrago, te invito a hacerme llegar tus comentarios.
Saludos.

2º Premio
IV CERTAMEN INTERNACIONAL DE POESÍA
“GABRIEL CELAYA”
TORREDONJIMENO, JAÉN, 1996


Este libro fue galardonado con el Segundo Premio del
Certamen Internacional de Poesía “Gabriel Celaya” 1996,
por el jurado formado por:
JOSÉ LUIS BUENDÍA LÓPEZ
ANTONIO CHICHARRO CHAMORRO
LUIS GARCÍA JAMBRINA
MARÍA ROSAL NADALES
JUAN MANUEL MOLINA DAMIANI




Al anónimo inspirador de este poema.
A Àngela , lectora y sugeridora.
A Juan M. González Soto, sastre de estos versos.
A los tertulianos en Tarragona: Agustín, Alonso, Charli,
José Ángel y Moluco.



Vayan bajando
en delimitada fila
a las pozas del infierno,
a las galerías pletas
de oscuridad ajada
a las cuevas con recovecos.
No os perdáis.
Id derechos
de mar a río,
de ribera plana
a serranía de encantos
donde los duendes están quietos
y el viento baila
su quebrada danza
y las hojas alocadas triscan.

Tú, que fuiste brazo izquierdo
de la ciudad de las siete colinas.
Extensión de sillares y mosaicos,
construida sobre las ruinas de tu pasado
buscas tu olvidadizo nombre
entre las tumbas
y los cadáveres de siglos
balbucean su desenhebrada entraña.
Perdidos en las litografías
de tu imperial pasado,
orgullosa levantas torres,
pero la sangre y la humillación
desnuda tu orgullo
y sabes
que victoria y derrota
son sangre
de tus hijos desharrapados.
Por eso permites que se bañen, mientras viven,
en las blandas aguas
que se ciñen
a tu desbocada cintura.

Tu luz, ciudad, está apretada
entre mis dientes desencajados,
entre mis labios ardorosos
de deseos encontrados.

Tiende hacia ella
la otra ciudad,
la alta,
la de abismos
donde tú deberías tener acantilados,
donde tú bajando
das al mar
ella prefiere
la lenta agonía
y va al río.
¡Hijos míos, preparad la noche para el largo viaje!
En el territorio de los signos
el camino es lento
y lleno de avatares.
Mas la muerte
es el más veloz de los caballos
que trotan sobre el lomo invisible del mundo
(mientras esto escribo
he muerto algunas veces).
Lo largo es la agonía,
su lento coqueteo,
su mordisqueo que devora
con lentitud de agua.

¿Sabes, ciudad, que creen
que fue como tu madre
en el mismo día nacida
y que fue poco a poco
siendo la misma
en distinto sitio?
Ciudad móvil,
te alejas de ti
y de los que se quieren tuyos.
Te vas
y sólo nos dejas el aire.
Esa distancia entre tú,
ciudad, que eres cosa
y nosotros que no somos nada.
Tú, ciudad, hoy te insinúas
como una oferta de amarre
ayer fuiste la fuga
en la que cabalgaban
mis sueños trasnochados.

Tu nombre se clavó en mí
como la espina de la corona procesionaria
o como la herida rosa
que hurtamos
en los jardines
para abrir recinto,
perlas de sonrisa,
de quien anhelamos
su tibia mano.

Ciudad de mesones
o refugios del recuerdo.
Telarañados pendejos
de ilusiones o lágrimas
olvidadas
entre la ranciedumbre
de los modernos anhelos.
Ciudad como el interior de una caja de música
que guarda la dedicatoria
de un festejo
que no consumen
el tiempo y la rutina.
Ciudad mordida
por el polvo del cierzo,
venturosos tallos del trigo
que al horizonte alzáis las espigas
con las quejas de un fuste
que ha de ser segado.

¿Me vas a dar la vida
ahora que las estrellas y el frío
me ciernen
en una ascuada amenaza?
¿Serás refugio
para mis tremendos naufragios?
¿Por dónde amarrar mis borracherías?
¿Sabes que no es el cielo
quien me somete a este denodado estruendo
de latires por acabar?

Invierto racimos de palabras
en tu misión salvadora,
arrullo tus oídos
con odas
de almibarada miel.
Espero que los hombres que pisan tu pecho
reconozcan lo raído del gabán
con el que trasando la noche.
Si no me escuchasen esos hombres,
nada pasaría.
Al final una niebla densa
golpeará el cielo de mi boca.

A duermelabio
quisiera también afrentarte, ciudad,
porque
los mastines abalanzados por el viento
acabarán dejándonos sin ojos.
Tienen un furioso sueño dormido
en el ocaso de las perrerías.

Viajaré hacia ti
desde la escarpada senda de los acantilados,
médanos
que se olvidaron hace tiempo
de su erótico templo.
Sólo te falta al final del barranco un mar,
la mar,
esa mar que enamorados menos escépticos que yo
cubren de loas como calle florida para Corpus.
¡Qué de orlas!
¡Qué sueño para un día!
Prométeme
que no sólo habrá noche punzante,
que no sólo grillerías
que no sólo ululares,
que también una mano amiga
limpiará los sudores de mi frente
para que pueda escanciar el vino
en el alto mesón de la colina.
Prométeme que algún día regresaré
y que seré tan mentiroso como antes de verte
y que tendré bellas historias
con las que regalarte los oídos.

Pues ya has cumplido y me diste la vida,
crecido con tus dádivas
te respondo a pecho inflado,
te lamo las manos envuelto
en el éter que nos envuelve,
te adoro en la dramática lucha.
Te olvido entre tanta palabra rota y nueva,
te endesfiguro la cara
y no es vano el esfuerzo
pues cada imagen
que de ti o entorno tuyo hago
me llena de una gloria nueva
-no perdonada por nadie-
ofrecida por mí,
que conmigo estoy conforme
y conmigo me encontento.

Llórame calle desposeída,
que esta noche perdiste
tu mejor hijo y lo que importa
es cómo.
Vino con brazos de nube,
con vocecita de pájaro que sueña
y yo cedí a sus alas y deseo
y así nos dio el aire en los tejados
y fuimos -por así decirlo-
dando tumbos hasta los aleros,
pero nunca muriendo,
en el borde mismo
pero nunca cayendo
en profundidad de abismo,
pero nunca trasaltados
más allá de la algodonosa coralina.
Me perdiste para siempre
y yo me gané perdiéndome
en otra querencia: la de fundirme,
o mejor creer que me fundía.
He habitado en un territorio ajeno
del que no me liberará sino la muerte.
Llórame, calle, que cantabas.
Esta noche el ocaso me aduerme
en un crepusculario de tejado
ya no encendido.

¿De qué ciudad vine?
¿A qué ciudad voy?
¿Cómo me marcho?
¿Cómo me llego?
Vine de la ciudad olvidada.
Voy a la ciudad por olvidar.
Me marcho
medio muerto
y me llego
por morir.
Diré que todo está dormido entorno,
que todo se oculta
bajo impávida máscara
de navegar a lontananza
en batir de suave brisa.

Todo encaje o sostén
o disimulo o maquillaje
y yo broum, broom, broum,
bruma que me encenaga.
Teme siempre a la voz
de ultratumba
me dijo una voz anterior.
Teme siempre a la voz
que se levanta
con cualquier pretexto
contra lo que amanece.
No sea que algún día amanezcas
y te llegue la temprana siega.
Disimula tus raíces
no sea que sepan qué
y cómo
preparas
tus insurrectos venenos.
¡Que no vean
como te frotas
la lengua del sexo con espliego!

Modernos anhelos, muy de todo en su sitio,
muy de cada quien para cada cual,
muy de oírme señores,
muy de ver o buen ver,
muy de mejor equipo,
muy de gran país,
muy de conseguir cómo,
muy de alta empresa,
muy de fetén manjar,
muy de muy delicioso,
muy de muy de muy.
Ya sabe usted de qué:
modernos anhelos
que cada día le dan a masticar.

Cabalgaban mis sueños trasnochados
pensando que me atrevía
a hacer valiente contradanza
ante los muros plateados de la plaza silenciada.
Creí poder ver
el otro lado,
creí poder ver
tantas cosas
que ahora cuando mis manos
acogen el encenizado fracaso
no me queda sino desear
el largo vuelo
por lo inmóvil.

El pasadizo de fantasmas
se iba llenando
como las galerías de retratos de ancestros
o aquellas exposiciones
en las que el pintor idealiza
a su amante
o aquellas en las que en el trasodio
impregna el pintor su pincel
de muy mugrientos colores
y los usa como afilada navaja
de abrir marranos y desangrarlos.

Reconozco resonancias en mi voz.
¿Qué es una voz
si no se baña en regusto de corazón o historia,
aunque sea la suya propia?
Planto mi voz,
que es la de muchos,
que cantaron y ahora encantan
-pareciendo dormir
a través del agujero en su frente
la de los que ahora cantan,
codo con codo disimulando
junto a mí que nos entendemos,
cuando somos mutua extrañeza
que quizá desentrañe lo próximo.

Poco a poco van
durmiendo las olas,
aprendo a ser pez
y a nadar y ser solidario.
Rozo con mi cola la estatua de Quevedo
y la de Casanova
y pongo ojos de pez
ante el pórtico de San Julián.
La luz de una tormenta
ilumina el impetuoso ademán
de Roger de Lauria tierra adentro,
dando espaldas a un mar de siglos.
Ahora todo es mar
y las olas son calmas,
nada sobre sus lomos
sino los vestigios de un pez olvidadizo.

Pendejos de ilusiones,
pendejos de lágrimas.
Caricias entrevistas
en la oferente mirada,
en la apertura del cuerpo,
en la medialba
de los seres conjugados en los astros
y que de repente
se encuentran
y les inunda una luz
que atraviesa la médula
de la historia que se prosigue.
Pendejos de lágrimas,
la entraña cerrada del cuerpo duro
que va inventando
un olvido para siempre.
Dice adiós bien tieso,
como estatua, y el otro que llora
y siente frío
y odia
con toda la impotencia
que una carne puede sustentar.
En tu redondez no sabes y te olvidas
y quieren los cabos bien atados,
temen a la malsegura noche,
que un viento helado los atraviese,
que un aire de nunca
se cuelgue en el resquebrajado dintel
de la frente.

Tu nombre
como el que tiene la mano
cuando quiere beber
el agua del manantial
para calmar la sed.
Ya dije:
tu nombre
y no otra cosa
se clavó en mí como una espina procesionaria
pero cuando el pecho se abre a corazón
ya no lo para nadie y todo deleita.
Como el que
una jornada de resaca
le llevó al arrepentimiento
pero luego regresa
y descorcha ásperas botellas
a lo largo de la noche
y habla como un idiota
y como tal acierta,
pone el dedo
en la séptima cuerda de la guitarra.
Allí el labio de la mujer es húmedo
y atraviesa a los amantes un tremendo regocijo,
mientras al borde de la noche
los va tomando el clausurante sueño.

Anhelo tu tibia mano
y me miento
y creo que a tu vera duermo
y lo que agarro
es una ausencia
ya diluida por el tiempo.

Pasadizo de fantasmas
entre las calles deshabitadas
de mi ciudad de sueño,
ciudad de sueño
aposentada en el lomo de una colina
que hay en la vuelta
de un día mágico,
mágico lucero
que me enciega
y hace todo posible.
Posible la eterna mentira
que arrastra este surco de palabras,
palabras que constantemente
quiero y no quiero.
No quiero
como muchos quieren
la verdad si duele.
Quiero lo que a todo el mundo gusta
y todo el mundo desea.
Ratoncitos limados
en la muy untada oreja
por la miel adulados,
en la ratonera impía
vuestros cuerpecitos atrapados.

Una niebla densa
golpeará el cielo de sus bocas.
Muy a pesar mío, lamo.
Serán la consumación de lo inútil.
Muy a pesar mío, lamo.
Serán rescoldos
de un muy sofocado fuego. Lamo.
Serán colección de perlas
de la muy arrugada dama.
Sugiero: Pasas de Corinto.
Serán fermentos nada lúdicos.
Sugiero: Ocaso de cementerio.
"Polvo serán, más polvo enamorado"
(Copia este verso millones de veces
y cada verso será distinto)
"Polvo serán, más polvo enamorado"
con el que en la miel o jengibre
nos atrapaste.

Pasadizo de fantasmas casi lleno,
con sabor a piel.
Pasadizo para unir secretamente
a dos ciudades.
Pasadizo por el que seguramente
huiré.
Las dos ciudades viven ajenas a mi sueño.
Yo mismo vivo ajeno al sueño de las dos ciudades.
Dormir y soñar en una ciudad por otra ciudad.
La ciudad de tus sueños.

El sueño me llevó a la apoteosis del agua.
Suena la música en la película.
Unos helicópteros se interponen
entre nosotros y el sol.
Dice el historiador:
"el agua está en la fundación de toda ciudad
y a veces en su fin".
De las verjas roídas a las losas más hondas,
en los cuévanos
con perlas de racimos olvidadas,
entre la barrizada
de senderos malditos,
por las lindes saltando va el agua,
con tremor fiero,
apoderándose de los surcos,
torciendo las empalizadas de las huertas.
Por las ciudades,
en tortuoso camino,
descendiendo escalinatas,
creando miseria.
Por los torrentes
que si antes angostados por la seca
ahora se inflan
en diluvio,
en torrencial tormenta
que desborda
los aljibes más profundos.
Los pozos son surtidores,
manantial de perlas,
leche de luna,
y la tierra se resquebraja
y silba el agua
y la cascada canta.
Canta el agua
en las entrañas de la tierra
y los fantasmas más transparentes gimen,
gime Houdini preso
en su urna de agua,
gime el pájaro plumimojado
y exhala un piar ronco,
moribundo, As I am lying.
La fiera agacha su torso
y la víctima
se dobla temblorosa
ante el agua.
Al interior de las clepsidras
llegan los hipocampos,
y éstos relinchan felices
de encontrarse en un mundo
para siempre menos salado.
Los soldados le acercaron
una esponja impregnada en sal y vinagre.
Y en la ensalada -dicen los manuales gastronómicos-
échese primero, la sal.
Y el agua disparada
canta orgullosa,
ha roto su monotonía,
ya no es su voz
ni rumor, ni murmullo, ni cándida frescura.
Aguafiera ensoberbecida
en su titánico esplendor
que todo lo cubre,
que todo lo siega.
Algún campanario
surge sobre la superficie
de las aguas agitadas,
pero ya no cantan las espadañas.
Es todo un arco de olvido ya en ciernes.
Ni los más altos rascacielos
se pavonean en relucires de cristal.
El sol es ya una lejana ausencia
que sólo los peces más viejos recuerdan.
Namor, Neptuno, Nemo... y el marinero Nicanor
flotan lunáticamente
sobre las escalinatas
llenas de verdín y coralina...
y Nicanor está muy blando.

Fuegos de artificio.
Aguas de música quebrada.
¿Quién no se quedó alguna noche ahogado
en el fondo de un sueño oscuro?
¿Quién no sintió
la suave caricia del agua?
Siempre se habló de un mundo ardiendo,
consumido en lenta luz de siglos,
las estrellas arden,
sólo el mar no arde.
Nadie dijo nunca
que había un mundo sin riberas,
ha habido macondos,
diluvios, pero nunca mundo sin riberas
ni amor bajo el agua.
El profeta del agua es un mentiroso.
En el seno del agua todo es vida
y todo canta.
Yo sé de un hijo submarino
que ríe con llama de luz eterna,
pues su mirada es una antorcha
que me sobrevivirá
y rebosará,
ya sea ante el agua o en el fuego,
cuando esté muy lejos
de la trasmuerte,
en el polvo callado.

Colofonius Monk,
esta impresión casera
del Poema para inundar de agua un pasadizo de fantasmas
Se ha realizado las siguientes ocasiones:
1. Conxita Blanch (Amposta)- Verano del 1998
en ocasión de nuestro reencuentro tras largos años,
2. J. Ricart (València) por coincidir
en la entrega de premios Ciudad de Benicarló (1998)
y en correspondencia a sus Tankas.
Un macropoema responde a micropoemas
y poesía visual de paños menores
en el día de S. Silvestre del año
corriente, a pocas horas del 1999,
que acaba con la triste noticia
de la muerte accidental del poeta anarquista
y visual Joan Brossa, que acaeció
en su piso de Barcelona cuando estaba a punto de cumplir
ochenta años.
3. Pedro Gonzalves Garcia (Pontevedra),
agosto 1999.
4. Adolfo Vargas Blanco (Vitoria-Gasteiz),
en correspondencia a sus Mementos de poética contradictoria.
diciembre 1999.
5. María José Pascual, por recurrencia de la memoria en
el patio de la Diputación de Tarragona. Por Tarragona y Bellvei,
por un día de bicicleta cuyas fotos conservo. (13.12.99)
6. Juan López de Ael (Vitoria-Gasteiz),
con el germen de una amistad en Benicarló.
Acompañado por el libro de Jaume Rolíndez
L'estel del Collet. Nadal a Benicarló. (19.12.99)
7. Josep Igual en correspondència als seus llibres:
Closed for sale, Lector d'esperes i El cor cansat. (3.1.2000)
8. Àngels i Santi, per la darrera conversa del 99 sobre ikebanes,
art, la ràdio (per matenir-me anònim al programa i per l'afecte
que vas dir tenir-me),
per l'art dels gravats d'Àngels. (3.1.2000)
9. Domingo Luis Hernández, de La Página, por su amabilidad ante mi queja.

Firma del autor, y fecha.
25 de enero del 2000

Tomàs Camacho Molina

sábado, 1 de diciembre de 2007

FÁBULA Y RUEDA DE LOS TRES POETAS



Este es otro poema de colaboración para Ramón García Mateos en el homenaje que preparó el año 2000 a José Agustín Goytisolo.
El libro en el que apareció fue Tempestades de amor contra los cielos. Homenaje a
José Agustín Goytisolo
. Ed. Trujal, Pliegos de poesía, 5, Cambrils 2000, págs. 44-47.
En él utilizo como fondo "Fábula y rueda de los tres amigos",Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca. Es de tono elegiaco, enlazo tres muertes que me conmovieron en aquella época (finales de 1998-principios de 1999): la de Joan Brossa, mi hermano José Antonio y la de José Agustín Goytisolo. Ya no podemos volver atrás porque la vida nos empuja...
Verrà la morte
e avrà i tuoi occhi

CESARE PAVESE

Joan,
José Agustín,
José Antonio,
están los tres helados:
Joan por el mundo de las volteretas y los andamios;
José Agustín por el mundo de las ventanas y los cigarros;
José Antonio por el mundo de las arterias y los cuadros.

José Antonio,
José Agustín,
Joan,
están los tres quemados:
José Antonio por el éter hospitalario;
José Agustín por la agria rebeldía;
Joan por el mundo de las letras sobre periódicos arrugados.

José Antonio,
José Agustín,
Joan,
están los tres enterrados:
José Antonio bajo un lienzo almidonado;
José Agustín bajo un alud de amistosas guirnaldas;
Joan en la ceniza, sobre el mar y en los colgadores de las nubes.

José Antonio,
José Agustín,
Joan,
fueron los tres en mi tiempo,
tres golpes inesperados,
tres noches con laberintos,
tres paisajes de Barcelona
de los que no pude parar su frenesí atávico.

Uno
y uno
y uno,
fueron los tres congelados,
por las aves del invierno,
fueron ríos de tinta,
dos tuvieron su vertiente sobre la mañana de la ciudad,
uno sobre la ladera de mi motor,
ocaso breve en mis ojos y ancla para siempre,
mientras el tiempo se emborracha de punzante olvido.

Tres
y dos
y uno,
los vi adentrarse en la selva oscura
de los últimos tejidos,
por tres torrentes de sangre,
fueron en mi rostro y en mis manos
dolor de inercia de la noria,
en mi pecho lastre y amarre de los días,
anticipo de nuestra muerte en sucesivas heridas.

Yo navegaba hasta entonces con la insignia de la risa
y abrevaba en el pilón de lo ambiguo.

Calostro desatado en las nubes de su agonía,
lluvia, que salitrosa, nos mojaba de sequía y dolor.

José Antonio,
José Agustín,
Joan.

La vida no es noble, ni bella, ni sagrada,
tiene valles en los que apacenta el rebaño de la nada.
Pudo la piedra blanca caer sobre la piedra negra
y ser tres días en Barcelona de los que ya se tenía el recuerdo.

Se hundieron sus voces de tinta
entre el crepúsculo de los ladrillos y el aire,
comprendí que era un árbol talado.
Recorrieron los alquitranes y tanatorios y los andamios y los tejados,
quedaron a la deriva los pecios de sus despojos.

No me buscaron
¿No me supieron?
No. No me supieron.

Se encontró el ámbar huyendo de la noche boca arriba,
y las aceras lloraron
un incomprensible
tobogán
de zapatos
ausentes.

Tomás Camacho Molina, Alcanar 2000